Cuesta trabajo escribir cuando no se sabe qué decir. Pero más trabajo cuesta cuando una tiene mucha información, ya reflexionada, y no sabe por dónde empezar. Cliché: por el principio. Ahí va. El paquete económico del Presidente Calderón tiene muchas cosas, ninguna de las cuales es una sorpresa. Quien no estuviera esperando impuestos vivía en la luna. La miscelánea fiscal parece haber alienado a todos. Yo no soy ni pretendo ser una experta fiscal, pero sí sé que a este país le hacen falta ingresos. Lo del petróleo ya no vuela. Durante décadas los ingresos petroleros nos ayudaron a vivir como solteros ricos pero, ahora, se nos están cayendo. Y así seguirán. Aún cuando más de uno vaticina un incremento en los precios del crudo en estos meses, el problema está en la producción, y en la demanda. Hablemos claro. A nadie le gusta pagar impuestos, pero si no tenemos ingresos, tampoco vamos a poder hacer frente a los gastos.
Lo que nos trae al tema dos: El proyecto de prespuesto de egresos tampoco presenta sorpresas. No hay dinero y, por tanto, no hay atrevidas propuestas de gasto. En realidad, lo único que podría llamar nuestra atención es el aumento al presupuesto del programa Oportunidades. No hay aumentos equivalentes en el presupuesto destinado a seguridad, ni a gobernabilidad, ni al económico, ni al internacional. El único aumento sensible es el que tiene que ver con el gasto social, el que se va a los más pobres. Enhorabuena.
Ya lo dijo -escribió-Carlos Elizondo. En este país los pobres son muchísimos pero no tienen voz, nadie los oye, y yo agregaría que, tristemente, quien habla en su nombre tiende a hacerlo para obtener un beneficio personal. Sin embargo, Oportunidades efectivamente apoya a las familias más pobres, las respalda, las acompaña en sus esfuerzos diarios por vivir mejor. Quienes reciben las becas educativas de Oportunidades saben que sus hijos podrán seguir perparándose en el camino correcto para salir de la pobreza. Quienes cuentan con Oportunidades han visto a sus hijos crecer más en talla y peso de lo que crecieron ellos, y estár más sanos, y mejor alimentados. Quienes tienen Oportunidades saben que eso es precisamente lo que están recibiendo, la oportunidad de que sus hijos puedan superar la pobreza en la que nacieron.
Si el dinero que me van a cobrar por los impuestos va a llegarles a ellos, adelante. No soy la más entusiasta pagadora de impuestos. No soy la mejor amiga del SAT. Pero si ahora tendré que pagar más dinero por hacer las mismas cosas que hoy hago, por comer como como, vestir como lo hago, celebrar donde acostumbro para apoyar a una familia que verdaderamente lo necesita, no tengo objeción. No estoy tampoco viviendo un México de ficción. Este impuesto pondrá una carga adicional en la ya de por si deprimida clase media, una clase que vive al día, que enfrenta deudas, que lucha por mantener un nivel de vida cómodo, de ningún modo lujoso. Ya lo sé. Otra vez. Estas familias la pasarán mal. Pero, del otro lado, a nadie le conviene un país en el que la mitad de la gente vive en pobreza. La pobreza no engendra la violencia y la inseguridad, pero sin duda la facilita. Combatirla, solidarizarnos con los más vulnerables, los que viven en la marginación, los que no tienen que comer, ni pueden pagar la escuela de sus hijos, ni tienen la posibilidad de encontrar un empleo que los ayude a superar sus condiciones es reforzar el tejido social. Y un tejido social fuerte es un dique en contra de la violencia. Este nuevo sacrificio nos permitirá a todos, en el mediano plazo, vivir en el México que queremos, el México que nos merecemos. Y yo, repito, no tengo objeción.
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